13 ago. 2012

Etapa 4. Burgos - Lédigos (107km)

Hoy abandonamos los relieves accidentados para internarnos en la Tierra de Campos. Sólo el Alto de Mostelares, cuyas rampas merecen el respeto de cualquiera, rompe la monotonía de una etapa bastante llevadera (pulsa sobre la imagen para verla más grande).

El cuarto día amanece fresco. A ratos amenaza lluvia, e incluso hay un poco de niebla en los primeros tramos del recorrido. Mejor así. Del sol que me ha pegado estos días estoy empezando a desarrollar complejo de cangrejo.

Al comienzo del día circulamos por tierras de labor a las afueras de la urbe burgalesa. Estamos en plena temporada de riego, por lo que el entorno es muy verde.

Saliendo de Burgos. Como se puede ver por la sombra, la foto está sacada en marcha. Aprovecho el tema de la sombra para dar un consejo que me dio un bicigrino sabio (yo no lo seguí, pero seguro que le sirve a alguien): para evitar los rigores del verano, conviene comenzar a rodar con el sol a la espalda, parar cuando ya no veamos nuestra sombra y reanudar la marcha cuando lo veamos en el horizonte.

De camino hacia Hornillos
Quitando el Alto de Mostelares, la etapa es bastante llana, sobre todo en su segunda mitad. Antes del puerto encontramos algunos repechos de poca entidad en las inmediaciones de Hornillos del Camino y San Bol. La práctica totalidad del día transitaremos por pistas forestales anchas y en buen estado, con lo que esta etapa tiene todos los ingredientes para ser una de las más plácidas del Camino...

...lo cual no quiere decir que tengamos que confiarnos.

Ruinas del Monasterio de San Antón
La bajada a Hornillos, por lo empinado y por lo pedregoso, es uno de esos lugares un pelín traicioneros donde conviene llevar cuidado.

Llegados a ese punto iba integrado en un grupo de cinco o seis chavales guipuzcoanos que circulaban en pelotón a buen ritmo. Como estamos todos poco habladores (no son ni las ocho de la mañana) me limito a rodar a cola para no molestar mucho.

En ausencia de caminantes, la bajada pide apretar el pedaleo y coger velocidad. En esto, uno de los chavales -el que iba el último de ellos- pierde el control de la bici y se pega un porrazo de impresión. Para mi que se ha desequilibrado entre las piedras y el peso de las alforjas.

El caso es que los otros no lo han visto y siguen su descenso a tumba abierta. Él grita, pero los otros no le oyen.

Cuando me paro a atenderle me da la sensación de que está más cabreado que dolido por la caida, así que le digo que no se preocupe y que me voy a avisar a sus colegas.

Dicho así suena fácil, pero del dicho al hecho hay un trecho. La bajada, como digo, es rapidísima, y va seguida de un llano donde también se rueda rápido por el impulso. Como encima me llevan ya una cierta ventaja, me meto un calentón de casi tres kilómetros hasta que les cojo.

No se habían dado cuenta. Una vez están avisados, doy por completada mi buena obra de hoy y sigo mi camino.

El monasterio de San Antón, poco antes de llegar a Castrojeriz, es una espectacular mole de piedra en ruinas. Tiene un encanto muy peculiar, y es que el camino, asfaltado en este tramo, discurre por debajo de sus enormes arcadas. Es el momento de parar a hacer alguna foto. Aprovecho para saludar a dos bicigrinos franceses que vienen de París.

Como la cigüeña pero pedaleando. Qué tíos.



En ocasiones, la flecha nos trae buenas noticias

El Alto de Mostelares, un kilómetro y medio con rampas del 12%, constituye la única dificultad montañosa del día. A la salida de Castrojeriz se manifiesta sin tapujos: empezaremos a subir por la parte derecha de la foto y coronaremos arriba a la izquierda.

La bajada del Alto de Mostelares abre las puertas de la Tierra de Campos. Y con ella, al océano amarillo de la meseta.

Tras pasar por la bella población de Castrojeriz y superar la "pared" de Mostelares nos adentramos en la llanura. En realidad el terreno siempre pica hacia arriba o hacia abajo, pero de manera tan suave que se hace imperceptible a las piernas.

Durante algunos kilómetros circularemos en paralelo al Canal de Castilla, una de las obras hidráulicas más emblemáticas de la Ilustración
A la altura de los Iteros cruzamos el Pisuerga en dirección a Frómista. Allí nos reciben los valiosísimos restos del románico castellano, las ingeniosas esclusas del Canal de Castilla y una pizzería estupenda donde reponer fuerzas de cara al último tramo del día.

Cuando estoy acabando de comer veo pasar a los guipuzcoanos de esta mañana, que van camino de Carrión de los Condes. Están todos. Se ve que la caida no era nada grave. Me alegro.


El resto del día presenta un paisaje bastante monótono, aunque bonito a su manera. Los kilómetros caen rápidamente. El Camino nos lleva pegados a la carretera entre Frómista y Carrión de los Condes. Por fortuna, a la altura de Población de Campos, justo al cruzar el río Ucieza, es posible tomar una variante que nos llevará por una estrecha vereda fluvial. Se hace algún kilómetro más, pero sin duda vale la pena circular lejos del tráfico.

La Vía Aquitana es una kilométrica recta que surca la Tierra de Campos, uniendo la Abadía de Benevívere (Carrión de los Condes) con la localidad de Calzadilla de la Cueza, cerca de Lédigos. 
Desde Carrión hasta Calzadilla tomamos la Vía Aquitana, una pista forestal recta y en excelente estado que se pierde en el horizonte. Aunque pica ligeramente hacia arriba durante muchos kilómetros, permite rodar a buen ritmo. Eso sí, me alegro de haber cogido agua en Carrión: el día es fresco ma non troppo y en las horas centrales del día el amigo Lorenzo no se corta un pelo.

El albergue de Lédigos es además bar y tienda de alimentación. Claramente la familia que lo regenta se ha hecho con el monopolio de los suministros del pueblo. El único albergue del pueblo cuesta 6€. No va muy allá en cuanto a las instalaciones, pero permite guardar la bici en un patio interior.

Podría haber seguido algunos kilómetros más, pero la experiencia de ayer en Burgos me tiene un poco paranoico. De hecho decidí que en lo sucesivo las etapas terminarán a las tres o las cuatro de la tarde, con ánimo de asegurarme una cama donde descansar.

En el abergue me encuentro con tres ciclistas de Cartagena, muy majetes ellos, que me dejan un poco de grasa para la cadena. Mientras lavo la bici descubro por qué el albergue se llama "El Palomar", y es que me ha defecado otro pájaro en la cabeza. Con el de Logroño van dos.

Cuando se lo comento a los cartageneros se descojonan de risa, encuentran la coincidencia muy divertida.

Yo sólo espero que no se convierta en tradición.