10 ago. 2012

El viaje a Roncesvalles

Mi credencial de peregrino
Esta mañana he pasado por la iglesia de Santiago y San Juan Bautista a recoger mi credencial del peregrino. La credencial es un cuadernillo que todo peregrino lleva consigo para acreditar que está haciendo el Camino. Es gratuito y tiene dos finalidades:

- Nos permite acceder a los albergues, que no están abiertos a cualquier viajero.

- Convenientemente sellada, la credencial servirá para que nos den la Compostela cuando lleguemos a la Catedral de Santiago. Para obtener la Compostela como bicigrinos es necesario que nos sellen la credencial dos veces al día a lo largo de los últimos 200km (durante el resto del trayecto basta con que nos la sellen una vez al día). Esto no supone un gran esfuerzo por nuestra parte, ya que casi todos los bares, restaurantes y albergues del Camino tienen su propio sello.

También es posible recoger la credencial directamente en Roncesvalles, pero yo he preferido amarrar. Hoy tenía como preocupación principal el tema del transporte, y más en concreto cómo desplazarme hasta allí y cómo empaquetar la bicicleta.

La primera cuestión admite dos soluciones, viajar en tren o viajar en autobús. Esta elección a su vez condiciona cómo abordar el tema del empaquetado.

Me he decidido por el autobús porque es más barato (unos 40€ incluido el transporte de la bici) y porque me parecía menos lioso: por lo visto en tren hay menos plazas. Además, hay que ir obligatoriamente en coche cama y no se qué historias más.

Para empaquetar la bici me he acercado a una tienda de bicicletas cercanas y les he preguntado si tenían alguna caja de sobra. "¿Alguna?" -me ha preguntado el hombre- "ahí tienes quinientas: coge la que quieras".

Problema resuelto.

Eso sí, meter la bici en la caja es un cisco. La caja parece grande, pero al final hay que desmontar la bici entera, y aun así cabe muy justita. Además, el conjunto pesa un huevo.  Por suerte, casi no llevo equipaje.

A la vuelta probaré casi seguro la alternativa del papel film.

Sólo quedaba liar a mi hermano para que me acercase a la estación de Avenida de América para coger el Alsa de la una y media de la mañana de Madrid, cosa que he conseguido con más facilidad de la que pensaba.

El trayecto es algo complejo, con parada en Soria a las cuatro. Allí tengo que montarme en otro autobús que para en Tudela antes de llegar a Pamplona a las seis y media.

Al subir al primer bus me las prometía muy felices: tenía dos sitios para mi solo, así que pensé en apoyar la espalda en la ventanilla y dormir con las piernas estiradas. Sin embargo, me topé con la pericia de esos maestros de la incomodidad que son los de Alsa: los tíos han instalado un reposabrazos fijo en el asiento de la ventana, de manera que si intentas hacer lo que yo quería hacer te lo hincas en la rabadilla. Como consecuencia, da igual tener un sitio o dos: estás obligado a dormir con las rodillas tocando en el respaldo del asiento de delante.

Toca noche en vela.

El lado bueno es que he podido leer algo sobre la primera etapa, y que con la paliza que voy a llevar para cuando la termine, dormiré en el albergue como un bendito.


Una vez en Pamplona, tengo que ponerme en la fila de Autocares Artieda para sacar un billete con bici a Roncesvalles en el servicio de las diez (no es posible sacarlo por internet). Por suerte, la taquilla abre a las siete, así que soy el primero en la fila. Las tres horas en la estación de Pamplona me sirven además para volver a montar la bici, ya que Artieda sólo exige quitar la rueda delantera.

Aquí ya huele a Camino. Hay peregrinos por todas partes. Tengo ganas de empezar.